TERCER TESTIMONIO: VICTIMA COLATERAL, MIS PADRES DROGADICTOS

Jamás he consumido drogas, no fumo y apenas bebo. Pero aún así me considero una víctima de las drogas, ya que aun sin probarlas, me destrozaron la vida. Soy una de las víctimas colaterales de este tipo de sustancias.

divorcioCualquiera que conozca la dura infancia de mi madre, de hospital en hospital, y su posterior vida adulta llena de carencias debido a una grave enfermedad (que le impedía trabajar ni realizar ninguna otra actividad diaria), entenderá el por qué se entregó a una vida de drogas y alcohol para huir de su dura realidad. Mi padre, que al principio era todo un padrazo, también sucumbió a esas sustancias, y eso hizo de él una persona agresiva y peligrosa, que continuamente agredía a mi madre, por lo que ésta decidió abandonarle.

niñaDe mi infancia recuerdo la nevera vacía, las largas temporadas iluminándonos con velas y yendo con garrafas a buscar agua a una fuente de la calle. Recuerdo las noches en soledad, cuando mi madre salía y tenía que enfrentarme a mis miedos nocturnos. Recuerdo que tenía prohibido entrar en la habitación de mi madre cuando ella se encerraba con su novio durante horas y que me pasaba todo el día sola en el salón viendo la tele o buscando qué comer. Iba al colegio cuando quería, ya que nadie me controlaba y cada vez eran más continuas mis faltas de asistencia. Al cumplir 11 años, mi madre quiso tener una conversación conmigo. Me confesó su dependencia y me pidió que, por favor, la perdonara. Me explicó que habían condenado a su novio por trafico de drogas y que pasaría varios años en prisión. Esa noche la pasé en casa de mis abuelos y al día siguiente encontré un coche de policía y una ambulancia en la puerta de casa. Murió en el hospital un 14 de febrero.

Pasé los siguientes 6 años de mi vida bajo la tutela de mi padre, al que veía sólo a altas horas de la madrugada, cuando al llegar a casa, me despertaba para gritarme, pegarme e insultarme. Durante el día no le veía. Así que tuve que aprender a ser autosuficiente antes de cumplir los 12 años. Nunca dije nada a nadie, quizá por miedo a que no me creyeran. Un día, de madrugada, me echó de casa. No dejó que cogiera nada, alegando que todo lo que había bajo su techo le pertenecía. Me vi en la calle con 17 años a altas horas de la madrugada con euro y medio en el bolsillo.

Conseguí que me dieran una pensión de orfandad por la muerte de mi madre, que ascendía a 145 euros mensuales. Acabé viviendo en un piso con otros jóvenes, donde el consumo desmesurado de drogas era algo normal. Por miedo a pasar por lo que pasó mi madre, nunca consumí nada. Encontré un trabajo y años después retomé los estudios, que tiempo atrás tuve que dejar por falta de medios.

Mi familia paterna pronto conoció los problemas de mi padre e intentaron ayudarle, ayuda que mi padre no supo encajar y eso acabó distanciándoles. Años después, se volvió a casar y ningún familiar asistió a la boda. Encontró la fuerza para salir de ese mundo tras nacer mi hermano pequeño, cuando retomé el contacto con él y le hice prometer que no le daría al niño la misma infancia que tuve yo.

marHoy mi relación con mi padre ha mejorado. Él es un padrazo con mi hermano, como lo era conmigo en mi primera infancia y eso evidencia que el monstruo que me torturó durante años no era él, sino las drogas que le consumían por dentro. Poco a poco va retomando el contacto con el resto de la familia.

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